Epílogo.
Subí la última escalera con el ceño fruncido.
Había ido primero a casa de los abuelos, como siempre hacía cuando no encontraba a los niños. Allí pasaban más tiempo del que me gustaba admitir. Pero esta vez no estaban en el jardín, ni en la cocina, ni corriendo por los pasillos. Tampoco estaban con los primos.
Regresé a casa con esa sensación inquieta que solo una madre puede tener cuando la casa está demasiado en silencio.
Colgué la capa en el perchero y avancé por el pasillo.
Fue entonces cuando vi la luz.
El resplandor anaranjado del fuego escapaba desde la sala principal, acompañado por un murmullo bajo, atento. No risas, no carreras. Silencio concentrado.
Me detuve en el umbral.
Mis seis hijos, de distintas edades, estaban sentados frente a la chimenea. Algunos en el suelo, otros compartiendo sillones, uno medio recostado contra una almohada. Ninguno hablaba. Ninguno se movía.
Todos miraban el mismo punto.
En el sillón grande, con un libro enorme apoyado en el