Epílogo.
Subí la última escalera con el ceño fruncido.
Había ido primero a casa de los abuelos, como siempre hacía cuando no encontraba a los niños. Allí pasaban más tiempo del que me gustaba admitir. Pero esta vez no estaban en el jardín, ni en la cocina, ni corriendo por los pasillos. Tampoco estaban con los primos.
Regresé a casa con esa sensación inquieta que solo una madre puede tener cuando la casa está demasiado en silencio.
Colgué la capa en el perchero y avancé por el pasillo.
Fue ent