Capítulo 30.
Corrí a toda prisa hacia la Casa de la manada, sintiendo que el corazón me golpeaba contra las costillas. El caos me rodeaba: lobos de aquí y allá, aullidos, órdenes que se cruzaban, y mi mente intentando procesar que ésta sería la primera vez que estaría tan cerca de una guerra.
Al entrar, lo vi: el tío Gail, firme y serio, dirigiéndose hacia los adultos que todavía estaban organizando a los recién llegados. Me detuve un instante, jadeando.
—Alina —dijo, al verme llegar, sin levantar mucho la voz pero con la autoridad que siempre tenía—. Me slegra que estés bien. Después hablaremos sobre el por qué no estabas en tu habitación.
Me encogí un poco con el regaño. El tío Gail volvió a elevar la voz.
—Bart se encargará de los cachorros. Una docena de nuestros mejores guardias los acompañará. Manténganse alejados de la zona residencial y no salgan de ahí hasta que yo lo indique.
Bart, a quien no había visto cerca, asintió con firmeza, reuniendo a los cachorros y guiándolos hacia l