Capítulo 31.
La defensa no era suficiente. Podía sentirlo en la forma en que los gruñidos se multiplicaban, en la violencia de los golpes contra la tierra y en los chillidos que helaban la sangre.
Bart volvió a maldecir, bajo y entre dientes, y nos miró a todos. Cincuenta cachorros, temblando, con los ojos como platos. Su expresión me revolvió el estómago: estaba tan asustado como nosotros, solo que intentaba disimularlo.
—Voy a comprobar la situación afuera —dijo, aunque ninguno necesitaba escuchar la