Aldric
Desperté con un sabor amargo en la lengua y un zumbido clavado detrás de los ojos. El techo giró un segundo antes de fijarse en su lugar. Parpadeé. El olor a artemisa y sangre me subió por la nariz como un recuerdo torcido.
"La chiquilla me envenenó."
No lo vi venir. O, peor, lo vi y subestimé que se atreviera.
Me incorporé con un gruñido. La cama estaba fría. La puerta entreabierta. Una sombra de perfume y miedo aún flotaba en la madera. Llamé a los guardias con la voz áspera.
—¡Imbéciles! —rugí.
Entraron de inmediato, la cabeza gacha. Se apartaron cuando me puse de pie. Me dolía el cuello. En la nuca tenía una punzada donde aquella ramita me había rozado la piel.
Astuta. Silenciosa. Si no hubiese sido por ese movimiento, la hubiera tomado allí mismo.
—La prisionera —dije, y mis hombres ya se habían tensado—. Se fue. Y no lo hizo sola.
Me trajeron un informe en menos de un minuto: la reja forzada, llaves faltantes, un preso arrancado de la celda y la compuerta secundaria abi