Clara
Lo supe desde que abrieron la compuerta.
Ese sonido metálico y oxidado —tan distinto al de las rejas internas— significaba solo una cosa: me iban a sacar de las profundidades de la mina.
El aire limpio entró a mis pulmones con fuerza. Ya no era aire de mina. No era húmedo, ni espeso, ni tenía olor a polvo y suciedad.
Era aire real.
Fresco.
Con aroma a hierba fue lo primero que reconocí.
Y entonces el cuerpo me tembló.
No por el miedo, aunque si lo sentía, sino por la certeza de que, por p