Capítulo 90: Eiden, un lobo.
Había soportado cosas peores.
Eso fue lo primero que pensé mientras manejaba de regreso a la mansión.
No lo pensé como consuelo. Lo pensé como un hecho. En el ejército aprendes rápido que el cuerpo aguanta más de lo que crees. El dolor no siempre viene con golpes o sangre. A veces viene con una palabra corta. Un “no”. Dicho sin rabia. Dicho sin desprecio. Eso también te deja marcas.
Había estado en dos guerras humanas. No hacía falta repetir nombres ni fechas. Había visto morir gente a mi lado. Había cargado cuerpos que ya no respiraban. Había dormido en el suelo, en barro, con frío, con hambre. Había obedecido órdenes que no entendía y otras que sí, pero igual cumplía. Uno aprende a cerrar cosas por dentro y seguir caminando.
Creí que eso me había preparado para todo.
No lo había hecho.
La imagen de Alana en la colina seguía ahí. Su cara cuando me dijo que no. No fue rechazo. Fue miedo. Pero el cuerpo no distingue eso cuando duele igual.
Antes de volver con ella, había hablado con Le