Eiden no me llevó de vuelta a la sala. Tampoco me dejó en el pasillo para que me hundiera sola. Me tomó por el brazo, firme, sin apretarme de más, y me guió hacia la salida como si ya lo hubiera decidido desde antes. Yo no pregunté a dónde íbamos. Me dejé llevar porque no tenía fuerzas para discutirle, y porque la idea de volver a escuchar voces de Alfas hablando de túneles, rutas y muertes me revolvía el estómago.
Fuera, el aire estaba más limpio. No olía a tantas manadas juntas. No olía a ten