No supe cuánto tiempo caminé sin rumbo dentro de la casa. Mis pies se movían solos. Yo apenas respiraba.
El eco de la voz de Lucian seguía golpeándome por dentro.
“Me has fallado.”
Eso dolía más que cualquier golpe.
Salí al jardín. El aire estaba frío. Me dejé caer en uno de los escalones de piedra. No quería que nadie me viera llorar, pero las lágrimas salieron igual. Me cubrí la cara con las manos. Me temblaba todo el cuerpo.
No era solo por Lucian.
Era por Milo.
Por mi padre.
Por la guerra.