Trish volvió por mí cuando el reloj marcó la hora.
—Es momento —dijo.
Asentí. Me levanté despacio. El vestido pesaba. Caminé hacia la puerta con cuidado para no pisarlo. Trish abrió y me dejó pasar. Dos guardias esperaban afuera. No me tocaron. Se limitaron a caminar un paso por delante y otro por detrás. Trish iba a mi lado, con la vista baja.
Bajamos por una escalera ancha. Las barandas eran de madera clara. Había flores blancas en jarrones altos. Todo estaba impecable. Cada detalle había sid