Pasó una semana exacta desde que la sangre de los soldados de la Secta manchó la nieve del jardín. Durante esos siete días, el silencio fue absoluto. No hubo llamadas, ni ataques, ni rastros de Daren Kirk o de Veer. Era una calma extraña que a todos les ponía los pelos de punta.
Los hombres se habían encargado de la limpieza. Tuvieron que enterrar los cuerpos en una zona alejada del bosque y fregar cada rincón de la mansión para quitar el olor a gas y a muerte. Eiden y los hermanos de Alana trabajaron sin descanso, pero Lucian era quien más preocupaba. Se movía como un fantasma por su propia casa. No contaba qué había hecho durante los tres días que estuvo solo en el bosque, cazando a los que intentaron huir. Nadie sabía cómo un solo hombre había acabado con tantos enemigos, y él no parecía querer dar explicaciones.
Una tarde, Alana salió al porche trasero. El sol se estaba ocultando y el cielo se veía de un color naranja suave. Encontró a Lucian sentado en un banco de madera, mirando