No recuerdo el momento exacto en que todo se volvió oscuro.
Solo sé que me dolía el cuello y que el aire no entraba.
Después, nada.
Cuando abrí los ojos, vi una luz débil. No era la del Cántaro. Era más fría, blanca.
El techo estaba hecho de piedra lisa. No reconocí el lugar.
Intenté moverme, pero me ardió el cuerpo.
Alguien sujetó mi hombro.
—No te muevas —dijo una voz conocida.
Giré la cabeza despacio.
Eiden estaba sentado junto a mí.
Su rostro tenía ojeras, y el vendaje del pecho estab