Eiden bajó las escaleras tratando de no hacer ruido, pero el silencio de la gran mansión era tan profundo que cada paso resonaba en el vestíbulo del primer nivel. Eran cerca de las once de la noche. La casa se sentía inmensa y fría, cargada con la tensión de quienes se ocultaban en sus habitaciones.
Se dirigió hacia la cocina espaciosa. Al entrar, vio una luz tenue. Lena estaba sentada a la mesa de mármol, bajo el resplandor de una lámpara de aceite. Cenaba unos waffles con una calma que a Eiden le resultó irritante. Se quedó en el umbral, observándola. Ella no levantó la vista del plato; cortaba trozos pequeños y masticaba despacio, como si el tiempo no estuviera corriendo en su contra.
El silencio se prolongó hasta que Eiden dio un paso al frente, haciendo que su sombra se proyectara sobre la mesa.
—¿Qué? —preguntó Lena finalmente, dejando el tenedor a un lado pero sin mirarlo todavía.
—Pareces muy cómoda —soltó Eiden. Se apoyó contra la encimera, cruzando los brazos sobre el pecho—