El aroma del pan recién horneado y el vapor del té con raíz de lupino apenas llenaban el aire matutino en la Torre del AlFa. Darién estaba sentado a la cabeza de la mesa, con la mirada perdida en el vacío de su taza. Alzó el pan a medio comer, pero justo cuando iba a morderlo, un ardor le atravesó el pecho, directo al punto donde residía su vínculo.
Se estremeció.
Una descarga de energía atravesó su columna como una llamarada invisible. Cerró los ojos y contuvo el aliento. Su corazón latía m