El salón privado era austero, apenas iluminado por antorchas de aceite que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de piedra. La mesa era redonda, de madera envejecida, y los cinco ocupantes tomaron asiento en silencio. Nadie habló durante los primeros segundos. El eco del eclipse aún vibraba en el aire, una tensión muda entre el deseo y el deber.
Darien se sentó con la espalda recta, los ojos fijos en Sareth. Sus nudillos estaban blancos de lo fuerte que apretaba los puños sobre la me