El rugido de Darien fue puro instinto. No esperó. No razonó. Se lanzó contra Sareth con la fuerza de un Alfa herido, con la rabia del hijo que exigía respuestas.
Pero no alcanzó su objetivo.
Una ráfaga de energía dorada, pura y vibrante, lo envolvió y lo arrojó hacia atrás como si fuera un simple aprendiz. Aterrizó de rodillas en la nieve, jadeando, con los ojos fijos en la figura que lo había detenido.
Aeryn.
Estaba en pie entre ambos, las manos alzadas, el pecho agitado, el aura chispeando