Desde su coronación como Luna, Aeryn había experimentado una transformación más profunda de lo que jamás imaginó. No solo en poder, sino en cómo la miraban. Donde antes había desconfianza, ahora había respeto. Algunos incluso se inclinaban ante su presencia sin que ella lo pidiera. Era como si su linaje hablara por sí solo, como si los lobos, sin saber por qué, sintieran que debían seguirla.
Había aprendido a caminar entre ellos con la frente en alto, a dar órdenes con firmeza y a escuchar con