Tarsia retiró con delicadeza la sábana empapada del sudor de Nyrea. Su vientre palpitaba como una antorcha viva y su piel ardía con fiebre sagrada.
—Está casi completamente dilatada —informó, con una mezcla de asombro y urgencia—. El momento es ahora.
Nyrea apenas podía escuchar. Su espalda estaba arqueada, su respiración entrecortada, y el calor que irradiaba su cuerpo era casi insoportable. Gotas de sudor recorrían sus sienes y su cabello rojo estaba pegado a la frente como llamas mojadas.
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