El primer aliento fue tibio, casi imperceptible. La oscuridad que había envuelto a Nyrea durante días comenzó a disiparse como un sueño pesado que lentamente se rompe con la luz. Su cuerpo, suspendido entre la vida y algo que no alcanzaba a comprender, al fin comenzaba a regresar. Una punzada suave le recorrió el pecho, y su conciencia, como brasas encendidas bajo ceniza, comenzó a arder de nuevo.
El mundo a su alrededor era difuso al principio. Sentía calor, una calidez familiar, y una respira