Nyrea dejó caer la capa sobre el respaldo de la silla. Su cuerpo, aún tenso por el ritual, se movía con elegancia felina, como si el fuego de la plaza siguiera latiendo bajo su piel.
Darién la observó desde la entrada, sin decir palabra. Solo la miraba, con esa mezcla de orgullo, deseo y algo más hondo que se había instalado en él desde que la vio ejecutar el juicio: respeto.
—¿Te molestó? —preguntó ella sin girarse.
—¿Kaelrik? —respondió él, y su voz fue más grave de lo que esperaba—. No. M