Había pasado un mes.
Y aún así, Leandro y Tomás no lograban adaptarse a una vida sin mí.
Leandro intentaba preparar su propio café, pero ningún sabor se parecía al mío. El amargor persistente lo frustraba cada mañana.
Tomás no iba mejor.
Sus clases eran un desastre, su entrenamiento un caos. Nada salía bien.
—Quedé en tercer lugar, papá —dijo con un suspiro después del torneo de combate—. Si mamá estuviera aquí, seguro habría ganado el primero.
Leandro no respondió. No tenía paciencia ni para co