De camino a casa, Leandro no podía dejar de pensar en mi última mirada.
Fría. Lejana. Final.
Marcaba un quiebre que ni su lobo podía ignorar.
Tomó el teléfono y le pidió al hospital que me atendieran bien, asegurándose de que no me faltara nada.
Pero su lobo no se calmaba.
Algo andaba mal.
Cuando llegó a casa, encontró a Isabella y a Tomás tirados en el sillón, comiendo frituras y jugando videojuegos.
Frunció el ceño. Esa dieta no era adecuada para el futuro alfa heredero de la Manada Sierra del