—¡¿Qué carajos haces aquí?! —rugió Leandro Castaño, su rostro desencajado entre rabia y sorpresa.
Yo apenas podía sostenerme tras cortar el vínculo. Pero no era a mí a quien miraba.
Era a Isabella Sánchez.
Vestía harapos. El cabello, que solía cuidar con obsesión, era ahora un nido de enredos opacos. Su maquillaje corrido, la piel sucia.
Estaba irreconocible.
—¡Lucas! Podemos volver a empezar, ¿cierto? ¡Estoy embarazada! ¡Voy a darte un heredero fuerte! —dijo, avanzando como un espectro.
Fue la