64.
El abuelo de Nicolás se puso en pie, su bastón de madera de ébano golpeando el suelo con una autoridad que pretendía ser inquebrantable. Sus ojos, nublados por los años pero afilados por la crueldad necesaria para liderar un clan, se clavaron en los de su nieto.
— ¡No permitiré que te destruyas! —rugió el anciano, y su voz, aunque quebrada, mantenía el peso de una sentencia — Se lo prometí a tu padre antes de que la maldición se lo llevara. Le prometí que cuidaría de ti, que no dejarías que el