59.

El reloj de pared del salón marcó las cuatro de la madrugada con un eco que me pareció ensordecedor, como si cada segundo fuera un martillazo denunciando mi huida.

La casa estaba sumida en un silencio sepulcral, ese tipo de quietud pesada que precede a las grandes tragedias.

Mis pasos, por más que intentaba hacerlos ligeros, arrancaban chirridos agonizantes a la madera vieja de las escaleras.

Cada sonido me hacía congelar la respiración, temiendo que la puerta de Perla se abriera o que mi madra
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