60.

Otro cristal estalló a mi derecha. Una mano enorme y callosa, con las uñas sucias, se coló por el hueco roto, tanteando el aire como un ciego que busca su premio, rozando apenas la tela de mi abrigo.

El coche que hasta hacía unos minutos era mi refugio hacia la libertad se había convertido en una pecera rota donde yo era el único pez.

— ¡Miren cómo tiembla la pequeña protegida! — gritó uno desde fuera y su risa, ese ladrido histérico característico de los Varga que solo había escuchado en rumor
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