58.
Cerré la puerta de la casa tras de mí, apoyando la espalda contra la madera fría. Jadeaba como si hubiera corrido kilómetros, aunque solo había cruzado la calle.
Mis manos, aún entumecidas por el aire de la noche, buscaron el pestillo para asegurar mi encierro. Había intentado ser cruel. Había escupido mis palabras con la intención de herirlo, de levantar un muro de hielo tan alto entre nosotros que ni siquiera su fuego de Alfa pudiera derretirlo.
Esperaba que gritara. Esperaba que golpeara la