Capítulo 59. Las sombras nunca mueren
La tarde era serena, pero en el despacho privado de Emilia Rivas, la paz siempre tenía fecha de caducidad. Sobre su escritorio había una carta con una caligrafía inconfundible. Un sobre beige, sin remitente, pero con un sello en el reverso: una letra “L” dibujada con tinta roja.
Emilia la sostuvo entre sus dedos durante varios segundos, antes de abrirla. El aroma a papel antiguo la hizo estremecer.
> “Querida Emilia,
Sé que para ti ya soy un fantasma. Y quizá lo sea. He visto demasiado, he trai