Capítulo 36. Las esposas del poder.
Eloísa Restrepo de Castaño no había llegado tan lejos por azar. Sabía cuándo hablar, cuándo guardar silencio y, sobre todo, cuándo actuar con manos ajenas. Esa mañana, mientras bebía su café con leche de avena en la terraza de la mansión, el sol atravesaba los vitrales con una calidez falsa. Porque nada, absolutamente nada, estaba tranquilo.
Llevaba un vestido de lino beige, joyas discretas pero costosas, y una carpeta entre las manos que no dejaba de revisar. El mundo político se tambaleaba, y