Capítulo 35: Confesiones nocturnas.
La lluvia golpeaba con insistencia los ventanales de la nueva casa donde Emilia vivía bajo protección, custodiada por hombres discretos y códigos de acceso que Iván cambiaba cada tres días. El viento traía el olor del asfalto mojado y un silencio espeso que hacía vibrar las paredes. Emilia caminaba descalza, con una bata de seda negra pegada a la piel por la humedad del ambiente, la copa de vino en la mano y los recuerdos en carne viva.
No podía dormir. Desde que su rostro volvió a las pantalla