Maximiliano seguía de pie en la sala, con la respiración agitada y el pecho oprimido.
No podía moverse. No podía reaccionar.
Solo podía escuchar la puerta cerrándose con fuerza cuando Ariadna salió corriendo, con Víctor detrás de ella.
Se pasó las manos por el rostro, sintiendo una rabia ciega consigo mismo.
¿Qué demonios acababa de hacer?
No podía justificarlo, no podía explicarlo.
Había perdido el control.
Por Ariadna.
Lo peor no había sido el beso en sí.
Lo peor había sido la manera