Leonardo y Maximiliano permanecían uno frente al otro en el pasillo, apartados de la puerta donde Amelie aguardaba, aparentemente tensa y ajena a la gravedad de la conversación que estaba por desatarse.
La tensión entre ellos era palpable, como si cada palabra que intercambiaban llevara el peso de una bomba a punto de estallar.
Leonardo rompió el silencio con un tono sereno, pero cargado de una autoridad que no necesitaba alzar la voz para imponerse.
—Señor Valenti, seamos claros desde el in