Maximiliano tomó la mano de Ariadna con suavidad mientras salían de la consulta. Su mente aún estaba procesando todo: dos niños y una niña. Sus hijos. La felicidad le hinchaba el pecho, y cuando miraba a Ariadna, su vientre prominente, su expresión de asombro y ternura, sentía que nada en el mundo podía compararse con lo que estaba viviendo.
—¿Aún quieres verlo? —dijo él, tomando las llaves del coche.
—Claro, estoy ansiosa—respondió Ariadna, ajustándose las gafas con suavidad.
—Bien, vayamos al