Ariadna y Víctor despertaron enredados, los brazos y piernas entrelazados como si hubieran buscado calor en la noche. Ella tenía la cabeza en su pecho, el aroma de su piel mezclado con el de la camiseta gris que aún llevaba puesta, mientras él la abrazaba por la cintura, los dedos descansando justo bajo el borde de la tela. Habían pasado la noche entre besos y susurros, el deseo tirando de ellos, pero deteniéndose en el borde, dejando un rastro de calor y promesas en cada roce.
Ariadna abrió lo