Después del desayuno interrumpido por el beso en la cocina, habían decidido salir al patio trasero del edificio, un espacio pequeño con un columpio oxidado y bancos rodeados de macetas. Darcy había convencido a un vecino, un niño pecoso de su edad, para jugar a los exploradores, y ahora corría entre los arbustos con su conejo gris, gritando órdenes sobre tesoros imaginarios. Eso dejó a Víctor y Ariadna solos en el salón, las cortinas abiertas dejando entrar la luz pálida de diciembre.
Ella esta