Ariadna estaba sentada en el borde de la cama, con las manos temblando sobre su regazo, mirando la puerta cerrada por donde Maximiliano había salido hace apenas una hora. La maleta de él ya no estaba, el espacio junto a la suya ahora vacío, como un recordatorio cruel de lo que acababa de pasar. Se había ido al aeropuerto sin despedirse, sin una palabra más después de esa discusión que los dejó a ambos al borde del abismo. Y ella, sola en esa casa que no sentía suya, no podía dejar de pensar en