El coche se detuvo frente al edificio. El hospital quedaba atrás.
Bajé del vehículo y entré al lobby sin mirar al portero, que me saludó con un "buenas noches, señor Valdés". Buenas noches. Qué ironía.
Subí en el ascensor privado, el zumbido del motor un eco de mi pulso acelerado, y cuando las puertas se abrieron al ático, el silencio me recibió como un viejo enemigo.
Caminé directo al baño, quitándome la camisa con manos temblorosas. La dejé caer al suelo, un trapo sucio que simbolizaba todo