La doctora había hablado con ella, le había pedido no verme, pero no podía quedarme fuera para siempre.
Era hora de hablar.
Tantas horas de incertidumbre no eran nada bueno.
Empujé la puerta despacio, el chirrido mínimo rompiendo el silencio. Ella estaba recostada en la camilla, pálida contra las sábanas blancas, su cabello rojo esparcido sobre la almohada como un fuego apagado. Su mano descansaba sobre el vientre, un gesto protector que me rompió el corazón. Los monitores pitaban rítmicamente