Una semana había pasado desde que salí del hospital, y el ático se sentía más como una jaula dorada que como un hogar.
Me pasaba los días en la habitación de invitados, la que Leonardo había convertido en mi "espacio de reposo" por orden de la doctora López.
La cama king size era cómoda, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda, y las ventanas daban a la ciudad, pero yo apenas salía de allí. Guardaba reposo absoluto: nada de caminar más de lo necesario, nada de esfuerzos, solo comidas