Me desperté con el sonido del agua corriendo en la ducha, un murmullo constante que se filtraba desde el baño contiguo. Era temprano, o al menos eso parecía por la luz suave que entraba por las rendijas de las cortinas. Parpadeé, desorientada por un segundo, hasta que recordé dónde estaba: en el ático de Leonardo, en su cama enorme con sábanas de hilo egipcio que aún olían a nosotros de la noche anterior. La semana en París había sido un sueño, un paréntesis en la realidad que nos había unido d