Habían pasado cuatro semanas desde esa noche en el hotel con Leonardo, cuatro semanas que se habían sentido como una eternidad atrapada en un limbo de dolor y rutina. Cada día en Valtris se había convertido en una repetición monótona: ayudar a mi padre con la casa, responder a las llamadas de vecinos preocupados, y tratar de ignorar el vacío que mi madre había dejado.
Él se había recuperado un poco, volvía al taller de carpintería por las mañanas, pero sus ojos seguían nublados por la tristeza.