Me encontraba en la sala de espera de la clínica privada en la calle Serrano, esa misma donde todo había empezado meses atrás.
Habían pasado solo unos días desde que Camila se había mudado al ático, y aunque nuestras noches juntos habían sido intensas, memorables, necesitaba confirmar que mi condición no había empeorado. El diagnóstico inicial de oligospermia severa me había golpeado como un mazazo, y ahora, con el acuerdo en marcha, no podía permitirme dudas. Richard me había insistido en que