Estaba sentada en el sofá de la sala, con las cortinas cerradas para bloquear el mundo exterior, aunque nada podía bloquear el vacío que me consumía por dentro.
Mi padre se había encerrado en su habitación, incapaz de mirarme sin romperse en llanto, y yo me había quedado allí, sola, con una taza de té frío entre las manos que ni siquiera había tocado. Todo esfuerzo, todo sacrificio, había sido en vano. El dinero de Leonardo, las promesas, las noches sin dormir... nada había salvado a mi madre