La euforia de los gemelos me tenía flotando en una nube que no quería abandonar. Habían pasado solo dos semanas desde esa ecografía que lo había cambiado todo —dos latidos idénticos, dos promesas de un futuro que nunca creí posible—, y cada minuto libre lo pasaba con Camila: tocando su vientre, planeando nombres (ella insistía en algo sencillo como "Lucas y Mateo"; yo, en algo con peso, como "Alejandro y Víctor"), o simplemente abrazándola en el sofá del ático, sintiendo que por fin tenía algo