Los niños estaban dormidos, parecían dos hermosos angelitos pelirrojos.
Eric y Marc descansaban en sus cunas, los ositos de peluche que Maximiliano había traído colocados junto a ellos.
Ariadna estaba sentada en el sofá, las manos cruzadas sobre las rodillas, mientras Maximiliano se inclinaba sobre la cuna de Marc, ajustando la manta con una sonrisa que se desdibujó cuando ella habló.
—Maximiliano, ahora que están dormidos… debemos hablar de algo importante —dijo, su voz firme, clara, cortando