Ariadna Valdés despertó en un mundo de pitidos y sombras. El aire le raspaba la garganta, y un dolor sordo le recorría el cuerpo, como si alguien hubiera vaciado sus venas y las hubiera llenado de plomo. Abrió los ojos con esfuerzo, la luz blanca del techo pinchándole como agujas, y un tubo en su boca le arrancó un gemido débil. Estaba en una cama, rodeada de máquinas que zumbaban y parpadeaban, y una enfermera se inclinó sobre ella, ajustando algo en su brazo.
—No intente hablar —dijo la enfer