Maximiliano Valenti estaba sentado en el suelo, la espalda contra la pared fría, las manos temblándole sobre las rodillas. Las lágrimas le habían dejado rastros pegajosos en las mejillas, y un sabor salado le llenaba la boca, mezclándose con el sudor que le goteaba de la frente.
Leonardo Valdés estaba a unos metros, de pie con los brazos cruzados, mirando la puerta cerrada de cuidados intensivos como si pudiera abrirla con la fuerza de su voluntad. Ambos eran sombras de sí mismos, rotos por la