Apretó la mandíbula con fuerza, sintiendo que su propia sangre hervía en su interior. Aisha… su hija, había destruido a su hermana de la manera más vil y cruel. La condenó a un infierno sin pestañear, con una sonrisa en los labios, mientras él, su propio padre, se convirtió en el verdugo que ejecutó la sentencia. La desterró, la humilló, la obligó a casarse con un hombre que, sin saberlo, había sido su abusador. Y todo porque creyó en la hija equivocada.
Desde que Aisha envió todas las pruebas