El frío la despertó.
No el frío del clima, sino el de la losa de concreto contra su piel desnuda.
Aisha abrió los ojos de golpe, sintiendo el cuerpo entumecido por la postura en la que había dormido, sucio, sucio y adolorido. Intentó moverse, pero las esposas alrededor de sus muñecas se lo impidieron.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que llegó. En ese lugar no había ventanas, ni relojes, ni forma de medir el tiempo. Solo había órdenes. Órdenes y castigos.
Había intentado resistirse