Enmudeció de golpe al verlo entrar. Otras tantas veces deseó tenerlo de frete, sin embargo ahora su presencia le producía pavor.
— ¿ Qué haces aquí? — Se levantó de su escritorio, y lo empujó hacia la puerta por la que había entrado.
— He venido a ayudarte.
— No necesito tu ayuda.
— Mírate, estás temblando. — Dairon la tomó por os hombros dejando de lado todos los renocores, conmovido por verla tan delgada y pálida. — Me han entregado a tu hijo,¿ vas a intentar decirme de nuevo que estás bi