Las luces rojiazules y los aullidos de las sirenas desgarraron la tranquilidad de la noche. Dairon llevaba a Félix en brazos. Estaba atontado y confundido.
Lo dejó sobre el césped y sintió alivio al escucharlo toser y verlo apretar los ojos.
— Está vivo — Murmuró. — Quédate aquí hijo, pronto llegará la ambulancia. Debo volver por tu madre — , le.dijo y corrió de vuelta a la casa.
Fue entonces que notó el agujero en el cristal de la puerta principal, los trozos de vidrio en el suelo se clavar